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El fútbol dentro y fuera de su catedral.

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    El mejor día de mi vida – Un español en Roma

    Por: Rafael de King Lemon.

    Si te preguntaran cuál ha sido hasta ahora el mejor día de tu vida, ¿sabrías elegir uno? Yo sí. Y ése es precisamente el problema.

    En 2009, recibí la confirmación de la asignación de la beca de estudios Erasmus (para el que no lo sepa, se trata de una beca para estudiar en el extranjero para estudiantes europeos. Cada año miles de jóvenes tienen la oportunidad de vivir fuera, conocer otros países). Era la primera vez que vivía solo, la primera vez que vivía en el extranjero y para colmo en una de las ciudades más famosas, históricas y hermosas del mundo: Roma.

    Pasaron los meses. Descubrí la ciudad (o al menos todo aquello que se puede descubrir de Roma en ocho meses), el idioma, la gente y las alegres y benditas mujeres austríacas. Finalizaba el mes de junio de 2010 y con él mi estancia en aquel sitio maravilloso. También comenzaba la Copa del Mundo de Sudáfrica, y decidí que la celebración del torneo sería el perfecto colofón para mi experiencia en el extranjero.  

    Apenas unos meses antes había conocido, casi por casualidad, a una chica de Puglia (una región al sur de Italia) de la que me enamoré profundamente. Sandra (no su verdadero nombre) era alta, delgada y con un pelo rizado que me volvía loco. Y no le importaba una mierda el fútbol. Sólo veía el Mundial cada cuatro años para animar a Italia, sin mucha vehemencia.

    Por intermediación de la FIFA, así como en varias ciudades del mundo, instalaron en Villa Borghese, el parque más grande y bonito de Roma, una pantalla gigante de 15 metros donde se retransmitirían todos y cada uno de los partidos del Mundial.

    España llegaba al certamen siendo campeona vigente de la Eurocopa y supuestamente como favorita. Pero muchos la acusaban, justamente, de falta de experiencia y de ser una clásica candidata y una frecuente perdedora. Y desde luego, los tres primeros partidos no hicieron nada para cambiar aquella impresión. Derrota contra Suiza y dos victorias paupérrimas contra Honduras y Chile para pasar la primera fase sembrando muchísimas dudas.

    En octavos de final España se enfrentaba a Portugal. Seguro de la derrota, llamé a Sandra para decirle que viniera conmigo al parque para, después del partido, ir a dar una vuelta. Ella accedió pero me dijo que llegaría algo más tarde.

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    El partido iba fatal. Cada falta de Cristiano Ronaldo era un suplicio y el portero portugués parecía una muralla. Sin embargo, cuando faltando poco más de 20 minutos, Sandra se reunió conmigo, Xavi logró articular un pase y David Villa, después de absurdos rechaces del portero y el larguero, consiguió marcar el gol de la victoria.

    Los cuartos de final contra Paraguay fueron una tortura medieval. La lucha, concentración y firmeza defensiva de los paraguayos auguraban la prematura y clásica eliminación española. Sandra, como de costumbre, había salido tarde de la biblioteca y llegaría, a juzgar por su mensaje de texto, aún más tarde que durante el partido con Portugal. Faltaban cinco minutos para la conclusión del partido y yo ya estaba preparado para sufrir un infarto de miocardio. Y entonces, y por segunda vez, Sandra llegó y en cuestión de segundos atrajo el gol de España. Una contra armada por Cesc culminó en un tiro al palo de Pedro Rodríguez, cuyo rebote fue a caer en los pies de Villa, que marcó tras dos –absurdos– rebotes en los palos.

    Era demasiada casualidad que Sandra hubiera llegado en los momentos más complicados de los partidos de España y que La Roja anotara segundos después y además de maneras tan rebuscadas que dejaban clara una intervención cósmica en el asunto. Debía existir algún tipo de conexión mística, sobrenatural, entre aquella chica de Puglia y el destino de nuestra selección.

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    España jugó su mejor partido del torneo contra Alemania, a la que dio una lección de juego y dejó sin oportunidades. ¿Qué cambió respecto a los partidos anteriores, el esquema de juego, quizás modificaciones en la alineación? Nada de eso. En mi opinión fue que Sandra, por primera vez, estaba presente desde el primer minuto del partido, utilizando su potencia como amuleto.

    Ni que decir tiene que prácticamente obligué a Sandra a cancelar todos los planes que tuviera para el 11 de julio, el día de la final. La acompañé incluso desde su casa, escoltando una carga tan preciada que, de haberlo sabido los holandeses, habrían bloqueado todos los accesos al parque.  

    El día de la final la ciudad era un caos. Se dice que más de 15.000 personas, entre españoles y holandeses, vieron el partido en Villa Borghese. No creo haber estado más nervioso en mi vida. No dejé que Sandra se separase de mí ni siquiera un instante. El partido, como ya sabéis, fue durísimo. Patadas y agresiones, ocasiones falladas, y en ningún momento el influjo de mi chica parecía acercarnos a la victoria. Temí haberla utilizado demasiado, haber gastado su karma positivo.

    Empecé a ver con desesperación cómo Sandra se aburría cada vez más. La perspectiva de una prórroga no parecía alegrarle mucho, ni a ella ni a la amiga que se trajo para darle algo de charla mientras el imbécil de su novio la obligaba a no separarse a más de cinco metros de su lado. Habrá seguramente pensado que yo era alguna especie de talibán, pero la opinión que pudieran tener de mí en aquellos momentos era un precio que estaba dispuesto a pagar. Me jugaba, ni más ni menos, la felicidad del pueblo español. Y del pueblo belga.    

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    Del gol de Iniesta se ha hablado mucho, y me imagino que todos los españoles recordamos lo que hacíamos en ese momento. Yo debo confesar que no llegué a gritarlo porque estaba convencido que había sido en fuera de juego.

    Fue seguramente el influjo de Sandra el que convenció al juez de línea de dejar el brazo quieto. Cuando me dí cuenta de que el gol no sólo era válido sino que también significaba que íbamos a ser campeones del mundo, me quedé petrificado. El pitido final fue la mayor explosión de felicidad de mi vida. Estaba allí, en la ciudad que yo juzgaba como la más bonita del mundo, con la mujer que amaba y además éramos campeones del mundo de fútbol. Era la felicidad completa, aún a sabiendas que desde aquel momento mi vida iría inexorablemente cuesta abajo porque sería imposible que llegara otro momento que lo pudiera superar.

    La fiesta posterior en Piazza di Spagna y mis últimos días en Roma quedarán en mi memoria, y como decía el malo de Blade Runner, se perderán para siempre como lágrimas en la lluvia.

    La vida, obviamente, nos acabó separando a Sandra y a mí algunos meses después. Yo decidí, tras acabar mis estudios, volver a Italia. Ella encontró trabajo en China, donde sigue viviendo.  

    Han pasado cuatro años y un nuevo Mundial se acerca. Yo vivo otra vez en Italia, pero esta vez no hay Sandra que podamos utilizar. Vivo apenas a un par de horas de Roma pero casi cuatro años después no he sido aún capaz de volver. La perspectiva de bajar en un andén en la estación de Termini y ponerme a llorar no resulta de lo más tentadora. Demasiados recuerdos y personas que no están.

    Esta historia hace parte de la serie “Crónicas del mundo Mundial" en la que hinchas cuentan cómo vivieron algún partido de una Copa Mundial. ¿Tienen alguna historia para la serie? Escríbannos a lacatedralblog@gmail.com. 

    — Sábado, Abril 19, 2014 hace 3 días con 10 notas

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    Sopor, elecciones presidenciales y Estados Unidos-Irán, 1998

    Por: Juan Camilo Latorre

    A veces hay algún partido mundialista que despierta interés por los roces diplomáticos que han tenido los países representados por sus selecciones. Estuvo, por ejemplo, el encuentro entre las dos Alemanias en el ’74, donde el equipo occidental, que en el papel se veía más fuerte, tuvo que comerse una derrota 0-1 a manos de la RDA. También viene a la memoria el famoso Argentina-Inglaterra del ’86, el del “mejor gol de la historia” y de la “mano de Dios”, en el que Maradona cobró venganza por la derrota militar en las Malvinas. El 21 de junio de 1998 tenía lugar un encuentro de similares características. Es más, su atractivo residía en el trasfondo político más que en la relevancia que pudiera tener dentro del torneo, ya que sus protagonistas eran los equipos de Irán y Estados Unidos.

    No era el único evento con tinte político que tenía lugar ese día. Justamente se celebraba la segunda vuelta presidencial en Colombia y los contendores eran Horacio Serpa, candidato del gobierno, y Andrés Pastrana, símbolo visible de la oposición. La campaña había estado bastante tensa y polarizada debido a que el presidente en ejercicio, Ernesto Samper, había pasado prácticamente toda su administración defendiéndose de acusaciones de haber financiado su propia campaña electoral con dineros provenientes del narcotráfico. Serpa, por ende, era visto por muchos como el continuador de un régimen ilegítimo, mientras Pastrana era, a los ojos de quienes aún creían en la inocencia de Samper, como un simple oportunista, un conspirador. En la primera vuelta, Serpa había logrado una ligera ventaja pero para la ronda decisiva frente a su opositor no se sabía hacia dónde se irían los votos que habían recibido los demás candidatos. Por ende, el 21 de junio había bastantes dudas y una enorme expectativa.

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    En ese entonces yo acaba de terminar quinto semestre en la universidad y me encontraba en medio de ese extenso desparche que se conoce como vacaciones. Al quedarme en Bogotá, requería inventarme planes a diario para vencer el tedio, y ese día con un amigo igualmente desparchado convinimos en que no había otro plan dominguero distinto a ver Estados Unidos-Irán a la espera de que cerraran las urnas y empezaran a salir los boletines de la Registraduría. A pesar de no saber prácticamente nada sobre la selección iraní y sus jugadores, me inclinaba a ir por ellos al haber aún un poco de resquemor por la manera triste como Colombia había perdido cuatro años antes frente a los gringos. Muchos de los protagonistas de ese aciago encuentro del ’94 estaban de nuevo presentes: Tab Ramos, Cobi Jones, Thomas Dooley y (en la banca) el celebérrimo Alexi Lalas. Me traían malos recuerdos. Además, esa tendencia de condescender con el underdog me creó una simpatía adicional con el conjunto de la República Islámica.

    El partido fue un bodrio. Lento, sin ideas, con abundancia de torpezas. Un ingenuo Estados Unidos se estrellaba en ataques infructuosos contra un equipo iraní replegado y tímido. Eso se veía venir, sin duda, al analizar la calidad de las nóminas, pero considerando las nacionalidades de los rivales que se enfrentaban, uno no esperaba menos que un festín de pata que hiciera ver a un juego de cuartos de final de Copa Libertadores como un pasaje de El lago de los cisnes. Pero ni eso. Ni malicia había. Todo lo contrario: antes del comienzo hasta posaron juntos y abrazados para la foto y llegaron al punto de entregarse flores, algo que ni las peores resacas de Corín Tellado podrían haber gestado. Fueron dos horas de sopor post-almuerzo que sólo hicieron desear más el correr de las horas para un cambio de actividad. Estoy seguro de haber tenido un par de episodios de “sueño de policía”, ese que dura 10 minutos y hace que uno se levante sobresaltado. La única satisfacción que pudo brindar el partido fue que Irán, efectivamente, se impuso 2-1 (no les voy a decir quiénes hicieron los goles porque no van a saber quiénes son y tampoco creo que les importe mucho). La derrota implicó la eliminación del equipo estadounidense del Mundial, por lo que me di por bien servido.

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    A los pocos minutos de terminado el partido, mi amigo se aventuró a decir: “Bueno, yo como que me voy para mi casa porque ya no se hizo más nada”. Claro, dije para mis adentros, al ser este tipo argentino, lo tiene absolutamente sin cuidado el tema electoral colombiano. Quedé entonces condenado a pasar las últimas horas del domingo viendo los boletines de prensa del recientemente inaugurado Canal Caracol en la más abyecta soledad.

    De todas formas, el tema electoral era interesante. El gran interrogante del día era si el “guiño” que le había dado a Pastrana la candidata que había quedado de tercera en primera vuelta, Noemí Sanín, iba a volcar al electorado de ésta a apoyar al candidato opositor. Si surtía el efecto deseado por la candidata, la elección estaría sentenciada porque por Sanín habían votado casi tres millones de personas, cifra que es cualquier cosa menos despreciable. Conforme llegaron los boletines, la cosa se veía bastante apretada, por lo que el efecto “guiño” no parecía estarse dando. Sin embargo, parecía que podía más el descontento por el mal gobierno de Samper que otra cosa y la ventaja empezó a ser cada vez más del lado de Pastrana. Finalmente este se impuso por alrededor de medio millón de votos y su rival le concedió la victoria.

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    Entonces empezó a darse un fenómeno que ni siquiera el triunfo de Colombia ante Túnez, que ocurrió un día después, despertó. La gente empezó a salir a la calle por decenas de miles, tal vez por cientos de miles, a celebrar que el régimen del “Bojote”, como se le llama a Samper, había caído. Se formó una gigantesca fila de carros por toda la carrera Séptima, tratando de llegar al centro de la ciudad y unirse al presidente electo en la celebración. Y yo, que me moría de aburrimiento en la casa tras un partido fatal, terminé metido en ese trancón monumental, al convencerme de salir un grupo de amigos que pasó junto a mi casa (la cual estaba ubicada, coincidentemente, a un costado de la Séptima). Terminamos atrapados por horas allí y no avanzamos más allá de una docena de cuadras, pero al menos hicimos parte de una de las manifestaciones callejeras más multitudinarias en la historia de Bogotá. La gente enarbolaba banderas, salía por las ventanillas de los carros, gritaba consignas, cantaba. Se sentía la fe y esperanza que flotaba en el aire. Estas eventualmente fueron defraudadas, como suele pasar con los políticos, pero esa noche había un ambiente bonito. La política, pues, fue quien, en pleno Mundial, brindó a una ciudad el despliegue de emociones ante la parquedad que caracterizó a un partido de fútbol que se esperaba cargado de tensión y rivalidad.

    Esta historia hace parte de la serie “Crónicas del mundo Mundial" en la que hinchas cuentan cómo vivieron algún partido de una Copa Mundial. ¿Tienen alguna historia para la serie? Escríbannos a lacatedralblog@gmail.com.

    — Lunes, Abril 14, 2014 hace 1 semana con 2 notas

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    Inglaterra, Argelia y un perro bóxer

    Por: Julián Gutiérrez

    Aunque no puedo elaborar mucho sobre su naturaleza, digamos que Inglaterra y yo tenemos cierta relación. Fue el país que me alojó durante un año, me trató muy bien durante mis estudios de posgrado y me dio uno de los mejores días de mi vida visitando el Museo Británico (traté de dejar a un lado las consideraciones imperiales).

    Sin embargo, futbolísticamente la situación es más complicada. Su capital, Londres, aloja al Arsenal, el equipo de la liga inglesa que sigo y, por ende, durante los últimos años me ha dado una buena cantidad de lecciones sobre lo que es la decepción. Además, hace cuatro años su selección nacional jugó un anodino partido que enmarcó uno de los días más complicados que he tenido.

    Mi perro murió el 18 de junio de 2010. El día del partido Inglaterra-Argelia.

    Mi perro, un bóxer de 11 años y 11 meses ya venía sufriendo dificultades para respirar y comer durante los meses anteriores. Ya nos habíamos dado cuenta de su declive a lo largo de los años, pero de un tiempo para acá la situación se había hecho francamente alarmante: por las noches oíamos su respiración lenta y forzada y, al igual que sus contrapartes humanas en situaciones semejantes, la comida sólida se había convertido en una odisea para él. Pero lo más alarmante fue que mis padres y yo encontramos sospechosas erupciones en sus patas que no hacían más que cimentar nuestros peores temores: Gokou tenía cáncer.

    La biopsia confirmó esos temores. Peor aún, al estar localizado en la garganta (de ahí su dificultad para respirar y comer), la operación era casi imposible por la dificultad para anestesiarlo, sin mencionar el hecho de que por su edad (ya estaba muy cercano a la expectativa de vida de la raza), la recuperación no estaba garantizada.

    Por una grotesca ironía del destino, Gokou se veía inusualmente animado cuando lo llevamos a la clínica veterinaria para que recibiera la eutanasia y aún recuerdo el ligero gemido que salió de su cuerpo cuando el aire que todavía quedaba en sus pulmones salió post-mortem. Cuando llegamos a mi casa, yo tenía la certeza absoluta de que mis padres sintieron un dolor similar al de perder a un hijo y yo al de perder a un hermano.

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    Fue el día que marcó el punto más bajo de mi anno horribilis, en el que se sumaron todas las crisis posibles desde el ser y el hacer y no sabía que diablos pasaría en mi vida (curiosamente, todo esto pasó a mis 25 años). Fue un día en el que el telón de fondo fueron los partidos de la mitad de la fase de grupos del Mundial, esos partidos en los que todos los equipos aún tienen una chance matemática, han calentado motores y están jugando en serio y no sólo para tantear cómo está la cosa, bien sea para afirmar un buen resultado de la primera fecha, o porque están buscando una segunda oportunidad.

    Este era uno de esos partidos… en parte. Inglaterra sabía que necesitaba salir a ganar para asegurar su puesto en octavos, especialmente después de ese deslucido primer partido ante Estados Unidos. Pero en los designios de Capello y, principalmente, sus propias limitaciones condenaron a Inglaterra al empate sin goles ante una Argelia sin colmillos. Veía el partido con una mezcla de frustración por lo que estaba en la pantalla e impotencia por lo que pasaba en mi casa mientras tanto. Una frustración que se convertía en rabia ante un equipo con una visión tan desproporcionada de sí mismo.

    Ese partido llenó la copa de mi paciencia ante ese fútbol inglés que se cree muy bueno pero que a duras penas ha llegado más allá de los cuartos de final de un Mundial o de una Eurocopa de los últimos 25 años, un fútbol de clubes que pelean títulos continentales con máximo dos o tres jugadores británicos (Ni siquiera ingleses, BRITÁNICOS) en su nómina…

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    Perdí la paciencia ante una selección que tuvo el descaro y la desfachatez de llevar en su nómina a David James, un arquero tan abismalmente malo que tenía el apodo “Calamity” (“Calamidad”) y que a mi juicio, es aun peor que los atrocísimos Jerzy Dudek, Ruud Hesp y Wojciech Sczeszny. Fue el partido que me terminó de desenamorar de la selección inglesa, y el que la mostró ante mis ojos como una de esas familias que no tiene un peso en sus ahorros, pero que insiste en servir la comida en una vajilla centenaria traída de Europa.

    El 18 de junio de 2010 fue un punto de quiebre, de la misma manera en la que el partido Colombia-Argentina de las eliminatorias pasadas lo fue para la selección de Sabella. Las cosas empezaron a componerse gracias a que empezó a haber un propósito, una razón para seguir andando en la vida.

    Todo eso en el día que Inglaterra y Argelia jugaron, al fútbol y un perro bóxer daba su último respiro.

    Esta historia hace parte de la serie “Crónicas del mundo Mundial" en la que hinchas cuentan cómo vivieron algún partido de una Copa Mundial. ¿Tienen alguna historia para la serie? Escríbannos a lacatedralblog@gmail.com.

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    — Miércoles, Abril 9, 2014 hace 1 semana con 1 nota

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