La Catedral

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El fútbol dentro y fuera de su catedral.

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    Sopor, elecciones presidenciales y Estados Unidos-Irán, 1998

    Por: Juan Camilo Latorre

    A veces hay algún partido mundialista que despierta interés por los roces diplomáticos que han tenido los países representados por sus selecciones. Estuvo, por ejemplo, el encuentro entre las dos Alemanias en el ’74, donde el equipo occidental, que en el papel se veía más fuerte, tuvo que comerse una derrota 0-1 a manos de la RDA. También viene a la memoria el famoso Argentina-Inglaterra del ’86, el del “mejor gol de la historia” y de la “mano de Dios”, en el que Maradona cobró venganza por la derrota militar en las Malvinas. El 21 de junio de 1998 tenía lugar un encuentro de similares características. Es más, su atractivo residía en el trasfondo político más que en la relevancia que pudiera tener dentro del torneo, ya que sus protagonistas eran los equipos de Irán y Estados Unidos.

    No era el único evento con tinte político que tenía lugar ese día. Justamente se celebraba la segunda vuelta presidencial en Colombia y los contendores eran Horacio Serpa, candidato del gobierno, y Andrés Pastrana, símbolo visible de la oposición. La campaña había estado bastante tensa y polarizada debido a que el presidente en ejercicio, Ernesto Samper, había pasado prácticamente toda su administración defendiéndose de acusaciones de haber financiado su propia campaña electoral con dineros provenientes del narcotráfico. Serpa, por ende, era visto por muchos como el continuador de un régimen ilegítimo, mientras Pastrana era, a los ojos de quienes aún creían en la inocencia de Samper, como un simple oportunista, un conspirador. En la primera vuelta, Serpa había logrado una ligera ventaja pero para la ronda decisiva frente a su opositor no se sabía hacia dónde se irían los votos que habían recibido los demás candidatos. Por ende, el 21 de junio había bastantes dudas y una enorme expectativa.

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    En ese entonces yo acaba de terminar quinto semestre en la universidad y me encontraba en medio de ese extenso desparche que se conoce como vacaciones. Al quedarme en Bogotá, requería inventarme planes a diario para vencer el tedio, y ese día con un amigo igualmente desparchado convinimos en que no había otro plan dominguero distinto a ver Estados Unidos-Irán a la espera de que cerraran las urnas y empezaran a salir los boletines de la Registraduría. A pesar de no saber prácticamente nada sobre la selección iraní y sus jugadores, me inclinaba a ir por ellos al haber aún un poco de resquemor por la manera triste como Colombia había perdido cuatro años antes frente a los gringos. Muchos de los protagonistas de ese aciago encuentro del ’94 estaban de nuevo presentes: Tab Ramos, Cobi Jones, Thomas Dooley y (en la banca) el celebérrimo Alexi Lalas. Me traían malos recuerdos. Además, esa tendencia de condescender con el underdog me creó una simpatía adicional con el conjunto de la República Islámica.

    El partido fue un bodrio. Lento, sin ideas, con abundancia de torpezas. Un ingenuo Estados Unidos se estrellaba en ataques infructuosos contra un equipo iraní replegado y tímido. Eso se veía venir, sin duda, al analizar la calidad de las nóminas, pero considerando las nacionalidades de los rivales que se enfrentaban, uno no esperaba menos que un festín de pata que hiciera ver a un juego de cuartos de final de Copa Libertadores como un pasaje de El lago de los cisnes. Pero ni eso. Ni malicia había. Todo lo contrario: antes del comienzo hasta posaron juntos y abrazados para la foto y llegaron al punto de entregarse flores, algo que ni las peores resacas de Corín Tellado podrían haber gestado. Fueron dos horas de sopor post-almuerzo que sólo hicieron desear más el correr de las horas para un cambio de actividad. Estoy seguro de haber tenido un par de episodios de “sueño de policía”, ese que dura 10 minutos y hace que uno se levante sobresaltado. La única satisfacción que pudo brindar el partido fue que Irán, efectivamente, se impuso 2-1 (no les voy a decir quiénes hicieron los goles porque no van a saber quiénes son y tampoco creo que les importe mucho). La derrota implicó la eliminación del equipo estadounidense del Mundial, por lo que me di por bien servido.

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    A los pocos minutos de terminado el partido, mi amigo se aventuró a decir: “Bueno, yo como que me voy para mi casa porque ya no se hizo más nada”. Claro, dije para mis adentros, al ser este tipo argentino, lo tiene absolutamente sin cuidado el tema electoral colombiano. Quedé entonces condenado a pasar las últimas horas del domingo viendo los boletines de prensa del recientemente inaugurado Canal Caracol en la más abyecta soledad.

    De todas formas, el tema electoral era interesante. El gran interrogante del día era si el “guiño” que le había dado a Pastrana la candidata que había quedado de tercera en primera vuelta, Noemí Sanín, iba a volcar al electorado de ésta a apoyar al candidato opositor. Si surtía el efecto deseado por la candidata, la elección estaría sentenciada porque por Sanín habían votado casi tres millones de personas, cifra que es cualquier cosa menos despreciable. Conforme llegaron los boletines, la cosa se veía bastante apretada, por lo que el efecto “guiño” no parecía estarse dando. Sin embargo, parecía que podía más el descontento por el mal gobierno de Samper que otra cosa y la ventaja empezó a ser cada vez más del lado de Pastrana. Finalmente este se impuso por alrededor de medio millón de votos y su rival le concedió la victoria.

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    Entonces empezó a darse un fenómeno que ni siquiera el triunfo de Colombia ante Túnez, que ocurrió un día después, despertó. La gente empezó a salir a la calle por decenas de miles, tal vez por cientos de miles, a celebrar que el régimen del “Bojote”, como se le llama a Samper, había caído. Se formó una gigantesca fila de carros por toda la carrera Séptima, tratando de llegar al centro de la ciudad y unirse al presidente electo en la celebración. Y yo, que me moría de aburrimiento en la casa tras un partido fatal, terminé metido en ese trancón monumental, al convencerme de salir un grupo de amigos que pasó junto a mi casa (la cual estaba ubicada, coincidentemente, a un costado de la Séptima). Terminamos atrapados por horas allí y no avanzamos más allá de una docena de cuadras, pero al menos hicimos parte de una de las manifestaciones callejeras más multitudinarias en la historia de Bogotá. La gente enarbolaba banderas, salía por las ventanillas de los carros, gritaba consignas, cantaba. Se sentía la fe y esperanza que flotaba en el aire. Estas eventualmente fueron defraudadas, como suele pasar con los políticos, pero esa noche había un ambiente bonito. La política, pues, fue quien, en pleno Mundial, brindó a una ciudad el despliegue de emociones ante la parquedad que caracterizó a un partido de fútbol que se esperaba cargado de tensión y rivalidad.

    Esta historia hace parte de la serie “Crónicas del mundo Mundial" en la que hinchas cuentan cómo vivieron algún partido de una Copa Mundial. ¿Tienen alguna historia para la serie? Escríbannos a lacatedralblog@gmail.com.

    — Lunes, Abril 14, 2014 hace 4 días con 2 notas

    #Juan Camilo Latorre  #Autor invitado  #Crónicas del mundo Mundial  #Estados Unidos  #Irán  #Francia 98  #Mundiales  #Elecciones  #Andrés Pastrana  #Noemí Sanín  #Ernesto Samper 
    Inglaterra, Argelia y un perro bóxer

    Por: Julián Gutiérrez

    Aunque no puedo elaborar mucho sobre su naturaleza, digamos que Inglaterra y yo tenemos cierta relación. Fue el país que me alojó durante un año, me trató muy bien durante mis estudios de posgrado y me dio uno de los mejores días de mi vida visitando el Museo Británico (traté de dejar a un lado las consideraciones imperiales).

    Sin embargo, futbolísticamente la situación es más complicada. Su capital, Londres, aloja al Arsenal, el equipo de la liga inglesa que sigo y, por ende, durante los últimos años me ha dado una buena cantidad de lecciones sobre lo que es la decepción. Además, hace cuatro años su selección nacional jugó un anodino partido que enmarcó uno de los días más complicados que he tenido.

    Mi perro murió el 18 de junio de 2010. El día del partido Inglaterra-Argelia.

    Mi perro, un bóxer de 11 años y 11 meses ya venía sufriendo dificultades para respirar y comer durante los meses anteriores. Ya nos habíamos dado cuenta de su declive a lo largo de los años, pero de un tiempo para acá la situación se había hecho francamente alarmante: por las noches oíamos su respiración lenta y forzada y, al igual que sus contrapartes humanas en situaciones semejantes, la comida sólida se había convertido en una odisea para él. Pero lo más alarmante fue que mis padres y yo encontramos sospechosas erupciones en sus patas que no hacían más que cimentar nuestros peores temores: Gokou tenía cáncer.

    La biopsia confirmó esos temores. Peor aún, al estar localizado en la garganta (de ahí su dificultad para respirar y comer), la operación era casi imposible por la dificultad para anestesiarlo, sin mencionar el hecho de que por su edad (ya estaba muy cercano a la expectativa de vida de la raza), la recuperación no estaba garantizada.

    Por una grotesca ironía del destino, Gokou se veía inusualmente animado cuando lo llevamos a la clínica veterinaria para que recibiera la eutanasia y aún recuerdo el ligero gemido que salió de su cuerpo cuando el aire que todavía quedaba en sus pulmones salió post-mortem. Cuando llegamos a mi casa, yo tenía la certeza absoluta de que mis padres sintieron un dolor similar al de perder a un hijo y yo al de perder a un hermano.

    Fue el día que marcó el punto más bajo de mi anno horribilis, en el que se sumaron todas las crisis posibles desde el ser y el hacer y no sabía que diablos pasaría en mi vida (curiosamente, todo esto pasó a mis 25 años). Fue un día en el que el telón de fondo fueron los partidos de la mitad de la fase de grupos del Mundial, esos partidos en los que todos los equipos aún tienen una chance matemática, han calentado motores y están jugando en serio y no sólo para tantear cómo está la cosa, bien sea para afirmar un buen resultado de la primera fecha, o porque están buscando una segunda oportunidad.

    Este era uno de esos partidos… en parte. Inglaterra sabía que necesitaba salir a ganar para asegurar su puesto en octavos, especialmente después de ese deslucido primer partido ante Estados Unidos. Pero en los designios de Capello y, principalmente, sus propias limitaciones condenaron a Inglaterra al empate sin goles ante una Argelia sin colmillos. Veía el partido con una mezcla de frustración por lo que estaba en la pantalla e impotencia por lo que pasaba en mi casa mientras tanto. Una frustración que se convertía en rabia ante un equipo con una visión tan desproporcionada de sí mismo.

    Ese partido llenó la copa de mi paciencia ante ese fútbol inglés que se cree muy bueno pero que a duras penas ha llegado más allá de los cuartos de final de un Mundial o de una Eurocopa de los últimos 25 años, un fútbol de clubes que pelean títulos continentales con máximo dos o tres jugadores británicos (Ni siquiera ingleses, BRITÁNICOS) en su nómina…

    Perdí la paciencia ante una selección que tuvo el descaro y la desfachatez de llevar en su nómina a David James, un arquero tan abismalmente malo que tenía el apodo “Calamity” (“Calamidad”) y que a mi juicio, es aun peor que los atrocísimos Jerzy Dudek, Ruud Hesp y Wojciech Sczeszny. Fue el partido que me terminó de desenamorar de la selección inglesa, y el que la mostró ante mis ojos como una de esas familias que no tiene un peso en sus ahorros, pero que insiste en servir la comida en una vajilla centenaria traída de Europa.

    El 18 de junio de 2010 fue un punto de quiebre, de la misma manera en la que el partido Colombia-Argentina de las eliminatorias pasadas lo fue para la selección de Sabella. Las cosas empezaron a componerse gracias a que empezó a haber un propósito, una razón para seguir andando en la vida.

    Todo eso en el día que Inglaterra y Argelia jugaron, al fútbol y un perro bóxer daba su último respiro.

    Esta historia hace parte de la serie “Crónicas del mundo Mundial" en la que hinchas cuentan cómo vivieron algún partido de una Copa Mundial. ¿Tienen alguna historia para la serie? Escríbannos a lacatedralblog@gmail.com.

     

    — Miércoles, Abril 9, 2014 hace 1 semana con 1 nota

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    Llorando de madrugada: Argentina-Suecia, 2002

    Por: Agustina B.

    Siempre he creído que quien no ha llorado por (o gracias a) un deporte le falta un pedazo de algo, de alma tal vez (los pelirrojos robamos almas, pero les juro que yo no fui). Recuerdo a Mariana Pajón hace dos años ganando un oro olímpico en Londres: era uno de esos días laborales en los que todo se paraliza. Al lado de mi oficina había una tienda minúscula en la que estábamos todos (excepto el jefe*) amontonados esperando ansiosamente verla levantar los brazos, así tal cual sucedió y así tal cual fue la llorada ¡llorada olímpica!

    Pero digan ustedes, ¿cómo no? Yo tengo varias lloradas deportivas: la copa América del 2001, la estrella 14 de Millonarios, el podio de Nairo Quintana en el Tour de Francia, la medalla de oro de Edwin Ávila en el pasado mundial de ciclismo de pista, la épica etapa 20 del Giro de Italia (2013) con Duarte, Urán y Betancur pedaleando bajo la nieve y la eliminación de Argentina en el Mundial de Corea-Japón, de esa es la que vengo a contarles.

    Argentina llegó al Mundial de Corea del Sur y Japón (ellos estaban en el lado japonés del torneo) como la Colombia que llegó al Mundial de Estados Unidos en el 94: qué bandototota. Para mí no había nada igual, si no hubiera sido porque en 2002 apenas tenía 17 años y estaba en Décimo en el colegio, hubiera apostado mis bienes a esa selección.

    Ese mundial supe lo que era sacrificarse por una pasión, pues los partidos comenzaban a las 12 de la media noche y terminaban a las 8 de la mañana. Durante un mes ‘dormí’ en la sala de la casa con el compromiso de no interrumpir el sueño de mi familia y de no bajar el rendimiento en el colegio. Ahora que lo pienso, tal vez de ahí viene mi insomnio perenne.

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    En la madrugada del 12 de junio, Argentina se jugaba ante Suecia su paso a la segunda ronda. La primera no había sido lo que se esperaba, le habían ganado a Nigeria jugando mal y perdieron contra Inglaterra 1-0 así que contra los suecos era ganar o ganar. Si uno repasa los nombres –Crespo, Batistuta, el Piojo, Verón, Ortega, Sorín, Aimar– ¡Carajo! ¡No había pierde! ¡Era la mejor selección del mundo!

    Al minuto 59, hubo un tiro libre a favor de Suecia. En ese momento Bielsa decidió sacar a Batistuta y meter a Crespo. La falta la cobró Anders Svenson (nunca olvidaré tu nombre, monete sueco) y… Golazo, se me estrujaron las tripas.

    Nigeria e Inglaterra empataban su partido final y llegaban a cinco puntos cada uno. Argentina necesitaba ganar para llegar hasta seis y así pasar de ronda. Por eso, la “Albiceleste” jugaba desesperada (es que me parece estarlos viendo). Pero al minuto 88 Crespo anotó y puso el partido 1-1.

    Jamás nunca, ni antes ni después, vi un equipo jugar como la Argentina de esos últimos minutos. Siendo los argentinos como son (ustedes entienden) no era opción terminar el partido así, no era opción quedar eliminados en la primera ronda, no era opción siquiera devolverse sin la copa.

    Pero, dice mi abuela “una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando”: Alí Bujsaim dio el tiempo por cumplido y pitó el final.

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    Uno a uno los jugadores de Argentina se fueron sentando en la cancha, lloraban como nunca vi llorar un deportista, Batistuta agachado en área técnica, Crespo con ese gesto de no creer lo que pasaba. Lloraba yo a la par porque era injusto, no digo injusto que eliminaran a Argentina, porque a pesar de que para mí eran el mejor equipo del mundo, jugaron una mala fase de grupos. Yo lloraba porque no es justo que le rompan a uno así las ilusiones.

    Ese día llegué al colegio con los ojos como pimpones y volví a llorar cuando, al almuerzo, fui a rogarle a la bibliotecaria para que me dejara ver los deportes en el noticiero, así como he vuelto a llorar muchas veces más frente al televisor o en diversos escenarios deportivos. He vuelto a llorar, afortunadamente, más de alegría que de desilusión y eso que ser hincha de Millonarios es un dolor constante.

    Alguien que no disfrute o sienta gusto por los deportes difícilmente entenderá lo incontenibles que son las lágrimas producto de un suceso deportivo épico, digno de ser comparado con una batalla, sea que se gane o se pierda. Para quienes sentimos pasión por los deportes llorar es una manera más de demostrar respeto y admiración por aquellos que decidieron hacer de su vida un juego, literalmente.

    *Como en casa de herrero azadón de palo, mi karma es dar con jefes a quienes no les gustan los deportes y créanme, en mi mundo, eso es una real desgracia.

    Esta historia hace parte de la serie “Crónicas del mundo Mundial" en la que hinchas cuentan cómo vivieron algún partido de una Copa Mundial. ¿Tienen alguna historia para la serie? Escríbannos a lacatedralblog@gmail.com.

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    — Viernes, Abril 4, 2014 hace 2 semanas con 5 notas

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